MANAGUA, Nicaragua.- El presidente Daniel Ortega es una figura que divide opiniones en el país y el extranjero. Su derrota fue alguna vez una obsesión de la Guerra Fría para Estados Unidos.
Se ha levantado, ha caído y se ha vuelto a levantar. Ahora, el otrora revolucionario sandinista se encamina a una victoria el domingo en unos comicios que, según sus críticos, podrían ser el preludio de una presidencia vitalicia.
Desde que regresó al poder en 2007, Ortega ha impulsado su popularidad en el país más pobre de Centroamérica con una combinación de populismo y apoyo a la economía de libre mercado a la que alguna vez se opuso.
Ortega, de 65 años, busca un tercer mandato, su segundo consecutivo. Ambos están prohibidos por la Constitución de Nicaragua, pero la Corte Suprema, compuesta mayoritariamente por jueces sandinistas, permitió su candidatura en una sentencia de 2009.
Con casi 50% de apoyo electoral y una ventaja de 18 puntos sobre su más cercano rival en la encuesta más reciente, Ortega podría terminar , según los opositores, con un mandato que no sólo legitimaría su reelección, sino que le permitiría hacer cambios constitucionales que garanticen su permanencia perpetua en el cargo.
"El se ha dirigido a un segmento de la población que siente que ha hecho un buen trabajo", dijo el economista Federico Barriga, de la Economist Intelligence Unit en Londres. "No importa que no pueda ser otra vez candidato. No importa que pisotee los procedimientos judiciales. A ellos sólo les importa que algo se está haciendo a nivel local".
Sus críticos no olvidan que Ortega comenzó su carrera al derrocar en 1979 al dictador Anastasio Somoza, cuya familia gobernó Nicaragua a punta de represión y fraudes electorales durante más de cuatro décadas.
Más que en el marxismo o al sandinismo (cuyo nombre se remonta al levantamiento de Augusto Sandino en la década de 1930 contra la ocupación estadounidense de Nicaragua) el mandatario hoy milita en el "orteguismo", un culto a la personalidad basado en una extraña mezcla de cristianismo, socialismo y libre empresa con el objetivo de permanecer en el poder, según sus detractores.
El es uno de varios líderes de izquierda en Latinoamérica, encabezados por el presidente venezolano Hugo Chávez, que han cambiado o eludido los límites al mandato presidencial adoptados por las democracias que surgieron después de décadas de dictaduras y gobiernos militares. El ex presidente hondureño Manuel Zelaya fue derrocado en un golpe de Estado en 2009, cuando la oposición conservadora sospechó que intentaba cambiar la constitución para reelegirse.
Aunque los opositores de Ortega dicen que no es Somoza, les preocupa que eso podría cambiar.
"Ortega va a llegar tan lejos como el pueblo de Nicaragua se lo permita", dijo Carlos Fernando Chamorro, un ex sandinista que se ha convertido en periodista de investigación y en uno de los más abiertos críticos de Ortega.
"Los Somoza construyeron su poder político a partir del control del ejército... Ahora que está en el poder existe el riesgo de que también el ejército y la policía terminen absorbidos en esa política caudillista", señaló. "Si eso llegara a ocurrir, definitivamente que estaríamos repitiendo algún patrón parecido a lo que ocurrió durante la época de Somoza"
Ortega ya no es el fogoso rebelde izquierdista de bigote que combatía a los Contras respaldados por Estados Unidos, gobernaba a través de una junta de coalición y, por último, fue elegido presidente en 1984.
Era tan odiado por el gobierno de Ronald Reagan en la década de 1980 que los funcionarios de la Casa Blanca fueron sorprendidos en el escándalo Irán-Contra, un plan secreto que desafiaba el propio boicot estadounidense para vender armas a Irán con tal de apoyar a los rebeldes que querían derrocar el regimen sandinista.
En medio de impopulares políticas autoritarias y una economía en ruinas, Ortega fue rotundamente derrotado después de un mandato por Violeta Barrios de Chamorro, la viuda conservadora de un prominente editor de periódicos asesinado (y madre de Carlos Fernando).