Washington.-El día primero de mayo, a medianoche en Washington D.C, una muchedumbre inundaba la avenida Pennsylvania, las calles 17 y 18 y la avenida de la Constitución.
De todos los rincones surgían grupos de personas con la bandera estadounidense incluso alguno disfrazado de ella, de patria, de orgullo. Bin Laden el enemigo público número uno había sido abatido por un fusil “made in U.S.A”, por un valiente soldado estadounidense.
A las puertas de la Casa Blanca todo un pueblo gritaba: ¡U.S.A! ¡U.S.A! ¡U.S.A!. Sus caras reflejaban orgullo, dignidad, sosiego, una alegría desenfrenada.
Muchos de los presentes eran alumnos en periodo de exámenes pero les daba igual, se celebraba a lo grande.
Era el lugar indicado para hacerlo, a los pies de Lincoln, de Washington, del “yo tengo un sueño de Martin Luther King”; todo un pueblo salía victorioso, el terrorista había sido derrotado, la justicia dictó por fin sentencia.
Lo bonito fue que este suceso no adquirió tintes políticos. La madurez política de este país ha respetado los tiempos. Bush elogiaba a Obama y viceversa.
Obama habló de unidad, del esfuerzo de su predecesor y de todos los cuerpos de seguridad del gobierno, recordó a las víctimas del 11-S y a todos aquellos que defienden los valores de su gran nación.
Hoy parece que todos respiran otro aire, el fantasma de Bin Laden se ha esfumado, sin embargo, el pueblo estadounidense se mantendrá vigilante. El terrorismo ha sido golpeado con fuerza y probablemente siga estando ahí, pero también seguirán existiendo las mayorías, los pueblos valientes, las democracias, en fin, las personas que creemos en la libertad, en la dignidad y en el consenso. Contra eso nada. Hoy hemos ganado todos.